Causas de la procrastinación
Las causas de la procrastinación que más cita la psicología son el miedo al fracaso, el perfeccionismo, la impulsividad y la dificultad para manejar emociones incómodas. Todas describen algo real. Ninguna explica del todo por qué alguien que ya las conoce sigue aplazando. Esta página recorre las dos cosas: lo que se sabe y lo que queda sin responder.
Por qué procrastinamos
Procrastinamos porque, en el instante de elegir, otra cosa pesa más que lo que nos prometimos, aun sabiendo lo que nos va a costar. A eso se debe la procrastinación en su forma más simple: dos cosas que quieres a la vez, y una que gana.
Decides ir al gimnasio a las seis. A las seis menos cinco estás en el sofá con el teléfono en la mano. Sabes que deberías levantarte. Sientes el reproche. Y te quedas. Nada te obligó, y lo sabías todo.
La mayoría de las explicaciones intentan responder qué te faltó en ese momento: ganas, disciplina, orden, una técnica. Pocas se preguntan qué elegiste y por qué eso pesó más. Esa segunda pregunta es la que recorre esta página.
Las causas según la psicología
Según la psicología, las causas principales de la procrastinación tienen que ver con cómo vives la tarea, cuánto confías en poder hacerla, qué tan impulsivo eres y cómo manejas el malestar. Piers Steel (2007) reunió la investigación disponible en un gran metaanálisis y encontró que aplazamos más cuando la tarea nos resulta desagradable, cuando dudamos de poder hacerla, cuando somos más impulsivos y cuando la recompensa queda lejos.
Ese mapa es útil. Describe con precisión en qué condiciones aparece la procrastinación. Lo que deja abierto es por qué, en esas mismas condiciones, unas veces cumples y otras no. Veamos las causas más conocidas una por una, con lo que explican y lo que dejan sin explicar.
Miedo al fracaso
El miedo al fracaso te lleva a aplazar porque, mientras no lo intentas, no puedes fallar. Si la entrega no existe, nadie puede juzgarla. Si no vas a la entrevista, nadie puede rechazarte.
Es la causa más repetida en libros y videos. En el metaanálisis de Steel (2007), los rasgos ligados a la ansiedad y al temor pesaron poco frente a la impulsividad o a lo desagradable que resulta la tarea. Además, el miedo al fracaso es muchas veces una consecuencia: cada vez que te fallas, crece la sospecha de que te vas a volver a fallar. La causa y el efecto se alimentan entre sí. → Miedo al fracaso
Perfeccionismo
El perfeccionismo te hace procrastinar cuando esperas condiciones ideales o un resultado sin defectos antes de empezar. Mientras no empiezas, lo perfecto parece posible. En cuanto empiezas, aparece la distancia entre lo que imaginabas y lo que te sale.
Aquí la investigación también matiza la creencia popular: Steel (2007) encontró una relación muy débil entre perfeccionismo y procrastinación. Puede que mucho de lo que llamamos perfeccionismo sea autoexigencia: pedirte en una noche lo que pide meses, y aplazar cuando el cuerpo y el tiempo no alcanzan. → Autoexigencia
Impulsividad
La impulsividad hace que procrastines porque el estímulo inmediato gana antes de que alcances a pensarlo. Abres el teléfono para ver la hora y pasan cuarenta minutos. En el trabajo de Steel (2007), la impulsividad aparece entre los factores más ligados a la procrastinación.
Describe bien la velocidad de la escena. Deja sin explicar por qué el mismo impulso gana frente a la llamada pendiente y pierde frente a otras cosas que también decidiste. Tu impulsividad es la misma a las seis menos cinco y a las seis y cinco. Algo más está pasando.
Regulación emocional
Desde la regulación emocional, procrastinas porque aplazar te quita un malestar ahora y se lo pasa a tu yo de más tarde. Fuschia Sirois y Timothy Pychyl (2013) lo describen así: le damos prioridad a sentirnos mejor en el corto plazo, aunque eso nos cueste después.
Tienes que llamar a tu padre y la conversación incomoda. Ver un video alivia. Eliges el alivio. Esta explicación es de las más sólidas, y aun así deja una pregunta abierta: por qué eliges el alivio sabiendo que la cuenta llega. Muchas veces aplazas justo lo que más te importa, porque ya sabes lo que cuesta meterte en eso: que va a ser más difícil de lo que pensaste y que te va a exponer.
Causas y consecuencias: por qué las técnicas no alcanzan
Las técnicas no alcanzan porque actúan sobre las consecuencias de procrastinar y dejan la causa donde estaba. Bloqueas Instagram y aparecen los grupos de WhatsApp. Silencias los grupos y actualizas el correo doscientas veces. Haces una dieta estricta y al mes rebotas, muchas veces a un lugar peor.
Hay una frase antigua del Talmud que lo resume: ¿quién es sabio? El que ve lo que está por nacer (Tamid 32a). Ver lo que está por nacer es conocer la causa. Quien solo atiende consecuencias vive corrigiendo lo que ya nació.
Fíjate también en la lista de causas de arriba. Varias son, a la vez, consecuencias. El miedo al fracaso te hace aplazar, y aplazar te da más motivos para temer. La culpa te paraliza, y la parálisis trae más culpa. Cuando las causas se muerden la cola así, es probable que la raíz esté en otro lugar.
Las técnicas sirven para ganar tiempo: un temporizador, el teléfono en otra habitación, alguien que te pregunte cómo vas. Úsalas si te ayudan. La pregunta de fondo sigue ahí cuando bajas la guardia. → Cómo dejar de procrastinar
La causa que nadie nombra: eliges otra voluntad
La causa que casi nunca se nombra es que, cuando procrastinas, eliges otra voluntad que también es tuya. Lo que llamamos no hacer nada es, mirado de cerca, hacer otra cosa. A las seis menos cinco elegiste el sofá y el teléfono. Ese deseo es tan tuyo como el de ir al gimnasio.
La psicología lo dice sin subrayarlo. Uno de los rasgos que Klingsieck (2013) usa para definir la procrastinación es que el aplazamiento es voluntario. Si es voluntario, alguien está eligiendo. Y si alguien está eligiendo, la capacidad de elegir está ahí, en ese mismo momento. Lo que cambia de un día a otro es cuánto la ejerces.
Esto choca con el punto de partida de muchas técnicas, que te tratan como si estuvieras roto y necesitaras una app, un horario o un truco para funcionar. Visto desde aquí, lo que pasa es más simple y más incómodo: sabes lo que te prometiste, sientes lo que quieres en su lugar y eliges.
Esa otra voluntad crece con lo que le das. Donde pones tu atención, alimentas. Cada vez que eliges el scroll, le das más fuerza para la próxima vez, y con el tiempo pesa tanto que parece que te arrastra. Sigues eligiendo, aunque el margen se sienta más estrecho. → Autosabotaje
Procrastinación, ansiedad y TDAH
La ansiedad y la procrastinación suelen ir juntas: la ansiedad hace más incómodo enfrentar la tarea, aplazarla alivia por un rato y la tarea pendiente genera más ansiedad. Es el mismo mecanismo que describen Sirois y Pychyl (2013), con el volumen más alto.
El TDAH (trastorno por déficit de atención e hiperactividad) afecta la capacidad de sostener la atención, organizarse y frenar impulsos, y eso puede hacer que aplazar sea mucho más frecuente y más difícil de revertir. Si sientes que la procrastinación viene con ansiedad constante, con una tristeza que no se va o con una dificultad para concentrarte que te acompaña desde hace años, consulta a un profesional de la salud mental. Un diagnóstico le corresponde a un especialista.
Un diagnóstico puede explicar por qué te cuesta más. La capacidad de elegir funciona como un espectro: hay personas y días con mucho margen, y otros con muy poco, y rara vez está en cero o en cien. Con menos margen, el instante en que eliges sigue siendo tuyo.
La próxima vez que estés a punto de aplazar algo, prueba con una sola pregunta: ¿qué estoy eligiendo en lugar de esto? La respuesta te deja mirando el instante donde se decide, y lo que hagas ahí te pertenece. Si quieres seguir desde ahí, mira para qué existe la procrastinación, los tipos de procrastinación o lo que te cuesta.