Cómo dejar de procrastinar
Para dejar de procrastinar tienes que hacer lo que te propusiste en el momento en que toca, aunque cueste y aunque no tengas ganas. Eso ya lo sabías. Seguramente también probaste la alarma, la agenda, el bloqueador y el libro que lo explicaba mejor que nadie. Esta página empieza donde todo eso se quedó corto: en el instante en que, sabiendo qué hacer, eliges otra cosa.
Por qué las técnicas para dejar de procrastinar duran tres días
Las técnicas para dejar de procrastinar duran poco porque cambian lo que rodea al instante en que eliges y dejan ese instante intacto. Ordenan tu agenda, alejan el teléfono, parten la tarea en pedazos. Los primeros días funcionan porque son nuevas y tú estás atento. Al tercer día baja la atención, y lo que te hacía aplazar sigue ahí, buscando otra salida. Borras Instagram y terminas actualizando el correo doscientas veces.
Hay algo más incómodo. Una técnica te da más de lo que ya sabes que tienes que hacer. Organizar la semana se siente como avanzar, aunque después no hagas nada de lo que organizaste. Leer sobre productividad se siente como trabajar. Te quedas con la sensación de progreso y la tarea sigue esperando.
La psicología lo ha estudiado a fondo. Piers Steel (2007), en el metaanálisis más citado sobre el tema, encontró que la procrastinación se asocia sobre todo con la impulsividad y con lo desagradable que te resulta la tarea. Peter Gollwitzer (1999) mostró que los planes concretos del tipo “si pasa esto, hago aquello” aumentan la probabilidad de cumplir. Las dos cosas son útiles. Ninguna explica por qué, con el plan escrito y la tarea clara, en el momento exacto eliges otra cosa.
Lo que proponen las técnicas
Las técnicas proponen controlar lo que está fuera de ti para que te resulte más fácil empezar: el tiempo, el entorno y la información. Sirven de apoyo, y cada una deja algo en tus manos.
Pomodoro y bloques de tiempo
La técnica Pomodoro, creada por Francesco Cirillo, propone trabajar veinticinco minutos y descansar cinco. Los bloques de tiempo reservan horas fijas del día para cada tarea. Las dos achican la tarea hasta que deja de asustar y te dan un momento claro para empezar. Pero alguien tiene que poner el temporizador, y cuando termina el descanso, la decisión de volver es tuya otra vez.
Apps para dejar de procrastinar
Las apps para dejar de procrastinar bloquean redes, cuentan tu tiempo de pantalla o te premian por no tocar el teléfono. Cortan el reflejo de abrir una app sin pensar. El problema aparece cuando el bloqueo funciona: lo que buscabas en el scroll lo buscas en el correo, en un grupo de WhatsApp, en ordenar el escritorio. La app cierra una puerta. Lo que te llevaba a esa puerta sigue contigo.
Libros para dejar de procrastinar
Los libros más leídos para dejar de procrastinar son El poder del hábito de Charles Duhigg, Hábitos atómicos de James Clear, Indistractable de Nir Eyal y Essentialism de Greg McKeown. Yo los leí todos. Contraté un coach que me hacía seguimiento cada mañana y cada tarde, hice ayunos de dopamina, probé el agua helada. Al menor descuido terminaba en Wikipedia leyendo a qué edad Elon Musk hizo su primer millón. Cuanto más sabía, peor me sentía, porque ya no podía decirme que me faltaba información.
Decides con tus acciones
Decides con tus acciones: una decisión existe cuando la haces, y hasta ese momento es una intención. “Mañana a las siete voy al gimnasio” es una intención. La decisión ocurre a las siete, cuando vas camino al gimnasio o sigues en la cama. Si a las siete sigues en la cama, esa fue tu decisión, aunque en tu cabeza la otra siga viva.
Puede sonar duro, y tiene un lado bueno: si la decisión ocurre en lo que haces, vuelve a estar disponible cada vez que toca actuar.
Solemos pensar la voluntad, la decisión y la acción como tres pasos: quiero, decido, hago. En la Cábala se entienden como una misma cosa que va tomando forma, desde el deseo hasta el gesto. Cuando las separas en tu cabeza, aparece un hueco entre “ya lo decidí” y “todavía no lo hice”, y en ese hueco vive la procrastinación. Cuando las ves juntas, el hueco se achica. Querer ir al gimnasio y ponerte las zapatillas pasan a ser parte del mismo movimiento.
Cuidado con leer esto al pie de la letra. También decides con lo que piensas y con lo que sientes. Si pasas una hora alimentando la idea de que hoy estás cansado, a las siete esa idea ya pesa más que la otra. Y aun cuando decides con plena conciencia, nada garantiza que la acción se sostenga. La decisión consciente es lo único que puede inclinar la balanza, y la inclina en parte.
El instante en que eliges
El instante en que eliges es el momento concreto en que te das cuenta de lo que deberías estar haciendo y haces otra cosa. Dura un segundo. Suena la alarma del gimnasio. Ves la llamada perdida de tu padre. Te descubres con el teléfono en la mano cuarenta minutos después de haberlo abierto para ver la hora.
Entre esos instantes casi no hay decisión. Estás en el scroll y ya. La oportunidad aparece en esos chispazos de conciencia, y lo que hagas en ellos es lo que cuenta.
Fíjate qué pasa dentro de ti en ese segundo. Hay dos voluntades, las dos son tuyas, y pesan distinto. La del scroll está en tu cuerpo: en tus dedos, en tus ojos, en la postura. La de llamar a tu padre está como pensamiento, como una incomodidad que llega a interrumpir. Desde dentro del scroll, la llamada se siente ajena. Por eso cuesta. Moverte en ese instante es darle cuerpo a la voluntad que solo estaba en tu cabeza: dejar el teléfono, marcar el número.
Con el tiempo pasa otra cosa. De tanto elegir lo mismo en ese instante, se te olvida que puedes elegir lo otro. Como alguien que deja de caminar y un día ya no se ve como alguien que camina. Las piernas siguen ahí. El malestar que sientes cuando aplazas es, en parte, la memoria de que podías.
Cómo dejar de ser procrastinador
Para dejar de ser procrastinador, empieza por soltar la etiqueta: nadie procrastina el cien por ciento del tiempo, y llamarte así te da una excusa para seguir. Haces cosas todos los días. Comes cuando tienes hambre y contestas a quien te importa. La etiqueta convierte una parte de tu vida en tu identidad. Decirte “me fallé en esto” es más honesto que decirte “soy así”. → Procrastinador
Lo que queda después de soltar la etiqueta es entrenamiento. Piensa en dos músicos que quieren tocar la misma pieza. Uno la acaba de memorizar. El otro la toca hace años. Los dos tienen las mismas manos. El segundo se volvió más consciente de cada dedo, y por eso su intención llega más lejos. Sostener tu voluntad funciona igual: se entrena cumpliendo, sobre todo en lo pequeño y en lo que te da miedo.
Entrenar te va a seguir costando. Quien te diga que algún día dejará de costar te vende la idea que más te conviene creer para dejar de vigilarte. Lo que crece con el esfuerzo es la confianza, y se construye en el momento en que estás a solas contigo, sin nadie mirando, y decides fallarte o no.
Preguntas frecuentes
¿Se puede dejar de procrastinar para siempre?
Lo más probable es que sigas aplazando cosas toda la vida, porque aplazar forma parte de ser humano. Lo que sí puede cambiar es cuánto te arrastra. Yo todavía aplazo cosas. Ahora me doy cuenta antes y vuelvo más rápido. Mientras trates la procrastinación como un enemigo que hay que eliminar, va a volver por otro lado. Cuando empiezas a preguntarte qué te está mostrando, suele perder fuerza. → Qué es la procrastinación y para qué existe
No puedo dejar de procrastinar, ¿qué hago?
Si no puedes dejar de procrastinar y ya probaste de todo, vuelve al próximo instante en que te des cuenta de que estás aplazando y haz una sola cosa pequeña en la dirección que habías decidido. Abrir el documento. Ponerte las zapatillas. Marcar el número. Lo que hagas en ese segundo pesa más que el plan de la semana. Si la sensación de no poder te acompaña casi todos los días, te paraliza o viene con tristeza o ansiedad constantes, consulta a un profesional de la salud mental. → Procrastinación crónica
Mientras lees esto, hay algo que te prometiste hacer hoy. Sabes cuál es. Basta con que notes este segundo, el que estás viviendo, en el que todavía puedes elegir. Si lo que eliges una y otra vez te hace daño, sigue por autosabotaje. Si te pides más de lo que puedes cargar, por autoexigencia.