Consecuencias de la procrastinación
Las consecuencias de la procrastinación van del estrés y la culpa a problemas de salud, peores resultados en los estudios y el trabajo, y relaciones desgastadas. La más cara casi nunca aparece en las listas: cada vez que te fallas, confías un poco menos en ti.
Probablemente ya conoces la mayoría de estas consecuencias porque las viviste. Conocerlas tampoco te detuvo. Por eso esta página va a recorrerlas una por una y después va a hacer la pregunta que importa: qué te está mostrando ese precio.
Consecuencias en la salud
La procrastinación se asocia con más estrés y con menos cuidado de la salud: menos ejercicio, peor alimentación y visitas al médico que se aplazan. Fuschia Sirois, junto a Melia-Gordon y Pychyl (2003), encontró que quienes más procrastinan reportan más estrés, más problemas de salud y menos hábitos de cuidado. Tice y Baumeister (1997) siguieron a un grupo de estudiantes durante un semestre: los que aplazaban estaban más tranquilos al principio y tenían más síntomas de enfermedad al final.
El cuerpo cobra en diferido. La muela que molesta un poco y que dejas para el mes que viene. El chequeo que mueves de semana en semana. El dulce que te comes sabiendo cómo te vas a sentir en una hora. Lo que aplazas sigue ahí, y crece.
Estos estudios describen bien la asociación. Lo que no responden es por qué alguien que sabe que el chequeo le puede ahorrar un susto lo sigue moviendo. Esa persona ya tiene la información sobre el daño. Si la información bastara, habría ido.
Si el aplazamiento viene acompañado de ansiedad o tristeza que no se van, vale la pena hablarlo con un profesional de la salud mental.
Consecuencias en los estudios y el trabajo
En los estudios y el trabajo, la procrastinación se traduce en entregas de última hora, peores resultados y oportunidades que se pierden. Piers Steel (2007) revisó una gran cantidad de estudios y encontró una relación negativa entre procrastinar y rendimiento: modesta, pero constante.
Que sea modesta tiene una explicación que conozco bien. Me decían Mister Finalista. Lo que debía hacer en meses lo hacía en una noche, y a veces salía bien. Esa fue la peor lección de mi vida: aprendí que mis límites no importaban. La nota del examen no mide eso. Tardé doce años en terminar una carrera de cinco.
En el trabajo pasa algo parecido. Lo urgente sale, porque alguien te lo exige y la fecha aprieta. Lo que depende solo de ti se queda: el proyecto propio, aprender algo nuevo, pedir el cambio de puesto, escribir lo que siempre quisiste escribir. Ahí la consecuencia tarda años en verse. Cuando la ves, ya tiene nombre: “tiene mucho potencial”. Lo dicen con cariño. Y duele. Sobre la trampa de exigirte hacer en una noche lo que pedía meses, lee autoexigencia.
Consecuencias en tus relaciones
La procrastinación desgasta las relaciones porque otros terminan cargando con lo que tú aplazas, y porque tu palabra pierde valor. La llamada a tu padre para la que llevas tres semanas buscando un mejor momento. La cuenta que tu pareja termina pagando. El plan que alguien organiza solo mientras tú dices que ya vas.
Mis parejas lo resumían mejor que cualquier estudio: este nunca hace lo que dice.
Los estudios que cité miden lo que la procrastinación le hace a quien procrastina. Lo que le hace a quien vive al lado casi no entra en esas mediciones. Y es donde más se nota. Cuando te dices “si lo dejo para mañana, el único afectado soy yo”, dices una verdad a medias. Tus acciones ya incluyen a otros, aunque no lo veas. Si te enfermas por no cuidarte, alguien va a tener que ocuparse de ti.
La consecuencia que no se ve: la confianza en ti
La consecuencia más profunda de procrastinar es que pierdes confianza en ti: cada promesa que no cumples te enseña que tu palabra contigo vale poco. Te dices que el lunes vas al gimnasio. Llega el lunes y una parte de ti ya sabe cómo termina la historia, porque la viviste muchas veces.
Esa confianza se construye o se pierde en un lugar muy concreto: el momento en que estás a solas contigo y decides fallarte o no. Estás solo con tu promesa, y justo por eso cuenta tanto. Una persona en buena forma física hizo, entre muchas otras cosas, eso: no se lo pospuso.
Cuando la confianza baja, aparecen dos salidas. Prometerte menos, para no fallar. O prometerte algo enorme, para compensar: el negocio en treinta días, los diez kilos en un mes. Las dos alejan la próxima vez que vas a cumplirte. Ahí la procrastinación cobra en lo que piensas de ti, y eso se parece mucho a la culpa.
El ciclo de la procrastinación
El ciclo de la procrastinación funciona así: te prometes algo, lo aplazas, sientes alivio, llega la culpa y la culpa hace más pesada la próxima vez. Con el gimnasio se ve claro. Decides ir. A las seis te dices que mejor mañana. Durante una hora te sientes ligero. En la noche aparece el malestar. Al día siguiente ir cuesta más, porque además de ir tienes que cargar con la vez que no fuiste.
Fuschia Sirois y Timothy Pychyl (2013) lo explican como una forma de reparar el ánimo: aplazar quita el malestar de ahora y lo pasa al tú de mañana. Describe bien el alivio. Lo que queda sin explicar es por qué eliges ese alivio sabiendo exactamente lo que cuesta, porque ya lo pagaste otras veces.
Lo que sí se puede observar es cómo sube el volumen. Primero el malestar susurra: deberías estar haciendo lo otro. Si no escuchas, grita. Y con cada vuelta pasa algo más: de tanto elegir lo mismo, se te olvida que puedes elegir otra cosa. Tu capacidad sigue ahí. Lo que se estrecha es lo que alcanzas a ver.
El ciclo tiene una grieta: el instante en que te das cuenta de que estás aplazando. Ese chispazo aparece en medio del scroll, en la fila del supermercado, frente a la pantalla. Dura poco. Y es ahí donde puedes elegir distinto.
¿Procrastinar tiene algo bueno?
Si hablamos de aplazar algo que te perjudica, la investigación encuentra poco a su favor más allá del alivio del momento. Chu y Choi (2005) propusieron una “procrastinación activa”: gente que aplaza a propósito porque rinde bajo presión. Estudios posteriores vieron que eso se parece más a una demora planeada que a procrastinar. Quien aplaza con un plan y queda conforme con el resultado está postergando. La diferencia la explico en postergar vs procrastinar.
Lo bueno que tiene está en lo que te muestra. Hay un dicho antiguo: ¿quién es sabio? El que prevé lo que va a nacer. Cada consecuencia que viviste por aplazar te dejó algo: ahora sabes qué viene después. La próxima vez que estés frente al gimnasio, al médico o a la entrega, vas a saber con bastante precisión qué nace de cada opción.
La procrastinación te muestra el precio de fallarte. También te muestra tus límites, cuando el problema fue haberte exigido más de lo que podías sostener. Ese precio tiene una función: que lo veas. Mientras lo pagues sin mirarlo, va a volver a cobrarte.
Te dejo con algo más simple y más difícil: la próxima vez que sientas el alivio de aplazar, fíjate en qué parte de ti está pagando la cuenta. Lo que hagas con eso ocurre en ese instante. Si quieres entender para qué existe ese precio, empieza por la procrastinación y su función. Si sientes que ya se volvió tu forma de vivir, lee sobre procrastinación crónica.