el FIN · de la procrastinación

Por Jacob Morales · 6 min de lectura

Tipos de procrastinación

Los tipos de procrastinación más citados se ordenan por el lugar donde ocurre (los estudios, el trabajo) o por la forma en que se aplaza (activa, pasiva, crónica). Esas clasificaciones te ayudan a ubicarte. Hay otra, menos conocida, que te ayuda a entender qué te pasa: procrastinas por defecto cuando no te comprometes con lo que te prometiste, y por exceso cuando te exiges más de lo que puedes sostener.

Cuántos tipos de procrastinación existen

La psicología no tiene una cantidad fija de tipos de procrastinación: cada autor clasifica según lo que quiere estudiar. Las divisiones más usadas son por área de la vida (académica, laboral, de salud, en las relaciones) y por la forma de aplazar (activa o pasiva, ocasional o crónica).

El desorden viene de lejos. En 1995, Ferrari, Johnson y McCown escribieron que había casi tantas definiciones de procrastinación como investigadores. En 2013, Klingsieck seguía señalando que faltaba una definición compartida. Si hay poco acuerdo sobre qué es, es lógico que tampoco lo haya sobre cuántos tipos tiene.

Las clasificaciones por área describen dónde te pasa. Para entender qué te está pasando sirve más la que verás más abajo: por defecto y por exceso.

Procrastinación activa y pasiva (y por qué la activa es otra cosa)

La procrastinación pasiva es la clásica: aplazas, te sientes mal y el resultado sufre. La activa la propusieron Chu y Choi (2005) para describir a quien deja las cosas para el final a propósito, porque trabaja mejor bajo presión, cumple la fecha y queda satisfecho con lo que entregó.

La idea se volvió popular porque suena a permiso. Investigaciones posteriores encontraron que la llamada procrastinación activa apenas se relaciona con las medidas habituales de procrastinación y se parece más a una demora planificada. Si eliges el momento, cumples y te quedas en paz, faltan dos de los rasgos que definen el fenómeno: que el aplazamiento sea innecesario y que venga con malestar. Eso se llama postergar, y a veces es una buena decisión. → Postergar vs procrastinar

Chu y Choi sí dejan una pregunta útil. Mucha gente se cuenta que trabaja mejor bajo presión. Vale la pena revisar si es así, o si es el nombre más cómodo para la noche en vela antes de cada entrega.

Procrastinación por defecto: cuando no te comprometes

La procrastinación por defecto aparece cuando te prometes algo y no le das peso a esa promesa: decides ir al gimnasio, llamar a tu padre o empezar a comer mejor, y la decisión se queda en intención. Es la forma más reconocible, la que casi todo el mundo asocia con la palabra.

La promesa existe, pero liviana. Dices “mañana” con la misma facilidad con la que dijiste “hoy”. Y cada vez que el mañana llega y vuelves a decir mañana, pasa algo que se nota poco: de tanto elegir en la misma dirección, se te olvida que puedes elegir en la otra. La capacidad sigue ahí. Lo que se estrecha es lo que ves como posible.

Hay otro ingrediente: lo que apaga el deseo. Si a las seis de la tarde ya pasaste dos horas en el scroll, te comiste el dulce y hablaste con medio mundo, es probable que no te queden ganas de nada. Ya recibiste suficiente para sentirte lleno, aunque sea de algo que no te alimenta. El deseo de hacer se gastó antes de que llegara el momento de hacer.

Lo que te muestra esta forma de procrastinar es el precio de fallarte. Primero llega como una incomodidad leve. Si no la escuchas, se vuelve culpa, y la culpa empieza a cobrarte en la confianza que tienes en ti. → Sentimiento de culpa

Procrastinación por exceso: cuando te exiges de más

La procrastinación por exceso aparece cuando te exiges más de lo que puedes sostener: te propones tanto, o algo tan grande, que terminas aplazándolo. Es la forma de la que casi nadie habla, porque desde afuera se ve como ambición.

Comprar el curso para montar un negocio en veintiún días. Querer bajar de peso en una semana. Estudiar en una noche lo de un semestre. Antes de ser procrastinador fuiste finalista: creíste que podías hacer en una noche lo que pedía meses. A mí me salía bien las veces suficientes para creérmelo. Esa fue la peor lección de mi vida: aprendí que mis límites no importaban.

El exceso tiene otra cara. Entras en un buen ritmo y no lo sueltas. Trabajas sin parar, comes mal, duermes poco, aplazas la cita del médico porque el proyecto va bien, llevas semanas sin sentarte con calma con tus hijos. Estás haciendo mucho y estás aplazando igual. Lo que se aplaza es todo lo demás.

Procrastinar aparece cuando lo que quieres hacer y lo que puedes sostener están en desacuerdo. Por eso esta forma te muestra tus límites: te baja del ideal de la persona que todo lo puede. Los límites se mueven con entrenamiento, y moverlos empieza por verlos con honestidad, antes de que la vida te los muestre de golpe. → Autoexigencia

Las dos formas conviven. A veces en la misma persona, a veces en la misma semana. El que el lunes se propone cambiar toda su vida suele ser el que el jueves ya no se compromete con nada.

Procrastinación académica

La procrastinación académica es aplazar estudiar, hacer tareas o preparar exámenes y entregas, aun sabiendo que te va a perjudicar. Es la más estudiada: buena parte de la investigación se hizo con estudiantes desde que Solomon y Rothblum (1984) la definieron como el retraso de una tarea acompañado de malestar.

Tice y Baumeister (1997) siguieron a un grupo de estudiantes durante un semestre. Los que aplazaban estaban menos estresados al principio, bastante más estresados al final y sacaron peores notas. El alivio del comienzo se pagaba con intereses.

Estos estudios describen bien el patrón y su costo. Lo que dejan abierto es por qué el mismo estudiante, sabiendo todo eso, lo repite el semestre siguiente. Yo tardé doce años en terminar una carrera de cinco. Conocía el patrón de memoria, y conocerlo no me movió de la silla.

En los años de estudio suele nacer el finalista. Estudias el día antes, te va bien, y aprendes que se puede. Esa lección se queda y aparece años después en otros lugares.

Procrastinación en el trabajo

La procrastinación en el trabajo es aplazar las tareas laborales que decidiste hacer, casi siempre las importantes, mientras llenas el día con otras. Rara vez se parece a estar quieto: respondes correos, vas a reuniones, ordenas archivos, y al final del día la entrega que importaba sigue igual.

Lo que define si estás procrastinando se ve en tu relación con la tarea, más allá de lo que hagan tus manos. Puedes estar frente al documento, tecleando, y tener la cabeza en otra parte. Puedes estar caminando lejos de la computadora y estar metido de lleno en el problema. Lo importante te pide presencia, que le des tu atención completa y que te quedes cuando se pone difícil.

Aquí también aparece el exceso: responder correos a la una de la mañana para sentir que trabajaste, mientras lo que importaba sigue esperando. O dejar para después la salud, la pareja y la llamada a tu padre porque en el trabajo hay algo más urgente.

Procrastinación crónica

La procrastinación crónica es la que se mantiene como patrón durante meses o años y afecta varias áreas de tu vida a la vez. Se reconoce en la sensación de llevar mucho tiempo sin cumplir lo que te prometes, en el trabajo, en tu salud y en tus relaciones.

Funciona como un llamado que sube de volumen. Primero susurra. Si no lo escuchas, grita, y empieza a cobrarse cosas que se ven desde afuera. Si la procrastinación te paraliza de forma constante, o viene acompañada de tristeza profunda, ansiedad o una dificultad para concentrarte que te acompaña desde hace mucho, vale la pena consultar a un profesional de la salud mental. → Procrastinación crónica

Cualquiera de estos tipos te sirve para ubicarte. Para lo que tienes pendiente hoy alcanza una pregunta: eso que estás aplazando, ¿lo aplazas porque no te comprometiste, o porque te pediste más de lo que podías? A veces la respuesta es las dos. Si quieres seguir, mira para qué existe la procrastinación, qué la causa o cuándo te exiges de más.