el FIN · de la procrastinación

Por Jacob Morales · 5 min de lectura

Pereza: qué es y qué hay detrás

La pereza es la falta de ganas de hacer un esfuerzo que te toca, junto con la inclinación a quedarte quieto o a hacer lo que menos cuesta. La palabra viene del latín pigritia. En la tradición cristiana es uno de los siete pecados capitales. Y casi todo el mundo la conoce desde adentro: el domingo en el sofá, la alarma del gimnasio que apagas, los platos que se quedan en el fregadero hasta mañana.

Qué es la pereza

La pereza es la resistencia a hacer un esfuerzo, sobre todo cuando ese esfuerzo es para algo que debes o que te conviene hacer. El diccionario de la Real Academia Española la define como negligencia, tedio o descuido en las cosas a que estamos obligados, y también como flojedad, descuido o tardanza en las acciones o movimientos.

En el uso diario, su significado es más simple. “Me da pereza” quiere decir “no tengo ganas”, aunque sepas que lo tienes que hacer. Ir al médico da pereza. Contestar ese correo da pereza. Levantarte a apagar la luz da pereza.

Hasta aquí, la definición. La pregunta que vale la pena aparece después: qué pasa cuando la pereza deja de ser algo que sientes un rato y pasa a ser algo que crees que eres.

Pereza y flojera

Pereza y flojera significan prácticamente lo mismo: flojera es la forma coloquial que se usa en México y en otros países de América Latina. “Qué flojera” equivale a “qué pereza”, y a una persona floja se le dice también perezosa. Lo que esta página dice de la pereza vale igual para la flojera.

Pereza mental

La pereza mental es la tendencia a evitar el esfuerzo de pensar: quedarte con la primera respuesta, no revisar lo que hiciste, aplazar todo lo que exige concentración. Daniel Kahneman (2011) la describió como una ley del menor esfuerzo: cuando hay varias maneras de llegar al mismo resultado, la mente tiende a ir por la que menos le cuesta.

Eso explica bastante. Explica por qué el scroll te atrapa con más facilidad que el informe, y por qué lees el titular y no la nota. Deja algo sin explicar. La misma persona que no puede concentrarse diez minutos en una entrega pasa tres horas resolviendo un videojuego difícil o leyendo sobre algo que le interesa. Yo pasaba horas en Wikipedia averiguando a qué edad Elon Musk hizo su primer millón, y no aguantaba diez minutos frente a lo que me tocaba. El esfuerzo mental estaba ahí, disponible. Lo ponía en otra parte.

Pereza y procrastinación: la diferencia

La diferencia entre pereza y procrastinación está en la intención: con pereza no tienes ganas de hacer algo, y al procrastinar decidiste hacerlo y lo aplazas igual, sabiendo que te perjudica. Piers Steel (2007) define la procrastinación como posponer de forma voluntaria algo que uno pretende hacer. La palabra clave es pretende.

Hay otra diferencia que se nota en el cuerpo. La pereza, a veces, se vive en paz: un domingo sin hacer nada puede ser descanso. La procrastinación casi siempre viene con malestar, porque hay una promesa rota de por medio. Y quien procrastina rara vez se queda quieto. Ordena el escritorio, contesta mensajes, revisa el correo doscientas veces. Tiene energía. La está poniendo en otra voluntad.

Por eso llamar pereza a toda procrastinación te deja mal parado. Te quedas con un diagnóstico que no explica por qué tienes energía para todo menos para eso. → Postergar vs procrastinar

“Soy perezoso”: la verdad parcial que se vuelve identidad

Decir “soy perezoso” convierte algo que sientes en algunos momentos en una descripción de quién eres siempre. Y aquí conviene ser preciso: si te identificas con la pereza, en ese contexto es verdad que eres perezoso.

La pereza es real. Vive dentro de ti, igual que viven las ganas de comerte el dulce o de quedarte en la cama. Negarla sería mentirte. Y la pereza también es una narrativa: una historia que te cuentas sobre ti y que, a fuerza de contarla, gana peso. Las dos cosas son ciertas a la vez.

El problema empieza cuando conviertes una verdad parcial en tu identidad completa. “Hoy no tengo ganas de ir al gimnasio” es una verdad parcial. “Soy perezoso” pretende ser la verdad entera. Y una vez que la crees, la usas para confirmarla. Cada vez que no vas, se cumple. Cada vez que sí vas, encuentras cómo explicarlo: esa vez fue distinto, ese día tenía energía. La misma capacidad de decidir que podría sacarte de ahí la estás usando para encerrarte.

A mí me decían Mister Finalista. Lo que debía hacer en meses lo hacía en una noche. Alguien que pasa una noche entera sin dormir para sacar una entrega tiene de todo menos falta de energía. Durante años me conté que era un problema de ganas. Mirando con calma, me faltaba aceptar mis límites: creía que podía hacer en una noche lo que pedía meses, y cuando eso fallaba, me llamaba perezoso. → Autoexigencia

Cómo quitar la pereza

Para quitar la pereza en el momento en que aparece, decide qué voluntad vas a manifestar y dale cuerpo con un gesto pequeño: ponerte las zapatillas, abrir el documento, levantarte del sofá.

Lo más probable es que la pereza siga apareciendo toda tu vida, y no hace falta que desaparezca. Lo que tienes es la capacidad de decidir qué voluntad manifiestas cuando aparece. En ese instante hay dos: la de quedarte y la de moverte. Las dos son tuyas. La de quedarte suele estar ya en tu cuerpo, hundida en el sofá. La otra está como pensamiento. Decidir es darle cuerpo a la que solo estaba en tu cabeza. Decidirlo no garantiza que siempre lo logres. Sin esa decisión, lo que pase queda en manos del azar.

También pesa lo que alimentas. Las horas de pantalla, lo que piensas en bucle, lo poco que duermes. Todo eso le da fuerza a unas voluntades sobre otras, y se acumula. Un día te descubres sin fuerzas para empezar nada y no entiendes de dónde salió. Salió de muchos días. → Causas de la procrastinación

Y si el cansancio es constante, si duermes bien y aun así te arrastras, o si la falta de ganas viene con tristeza que no se va, consulta a un médico o a un profesional de la salud mental. A veces lo que parece pereza tiene otra causa.

Moverte va a seguir costando. Lo que cambia con el tiempo es que dejas de pelearte con la etiqueta y empiezas a mirar el instante. Ahora mismo, mientras lees, hay algo que te da pereza. Sabes cuál es. Si lo que te frena es un juicio sobre ti, sigue por autosabotaje. Si quieres ver qué hacer en ese segundo, por cómo dejar de procrastinar. Y para entender por qué todo esto cumple una función, vuelve a qué es la procrastinación y para qué existe.