Perfeccionismo: qué es y por qué te hace aplazar
El perfeccionismo es la tendencia a exigir que lo que haces quede sin fallas y a juzgarte con dureza cuando no lo logras. A veces te empuja a hacer las cosas con cuidado. Muchas otras veces te detiene antes de empezar, porque mientras no empiezas, el resultado perfecto sigue siendo posible.
Qué es el perfeccionismo
El perfeccionismo es fijarte estándares de resultado muy altos y medir tu valor según los cumplas o no. La parte de los estándares altos puede ayudarte. La parte de medir tu valor con ellos es la que pesa, porque convierte cada tarea en un juicio sobre ti.
Se parece a la autoexigencia y conviene separarlos: la autoexigencia mide cuánto te pides, y el perfeccionismo, qué tan impecable tiene que quedar el resultado. Puedes pedirte poco y querer que ese poco sea perfecto. → Autoexigencia
Qué es ser perfeccionista
Ser perfeccionista significa sentir que lo que haces solo vale si queda impecable, y que cualquier falla dice algo malo de ti. En su significado más común, un perfeccionista es una persona que no se conforma con un resultado hasta que le parece sin errores, y que muchas veces nunca llega a parecérselo.
En la vida diaria se ve en cosas pequeñas. Quieres volver al gimnasio y antes buscas la rutina perfecta, la ropa adecuada y el lunes ideal. Tienes que llamar a tu padre después de una pelea y esperas a tener las palabras exactas. Tienes una entrega y reescribes el primer párrafo once veces mientras el resto sigue en blanco.
Rasgos de una persona perfeccionista
- Te cuesta empezar si no tienes todo claro desde el principio.
- Revisas tanto que terminas tarde, o no terminas.
- Lo que logras te dura poco; enseguida ves lo que faltó.
- Un error pequeño te arruina el día.
- Te cuesta delegar, porque nadie lo hará como tú.
- Prefieres no presentar algo antes que presentarlo incompleto.
- Funcionas en todo o nada: lo haces impecable o no lo haces.
Tipos de perfeccionismo
Los tipos de perfeccionismo más estudiados son tres, según Paul Hewitt y Gordon Flett (1991): el orientado a ti mismo, cuando eres tú quien se exige la perfección; el orientado a los demás, cuando se la exiges a otros; y el socialmente prescrito, cuando crees que los demás la esperan de ti.
Joachim Stoeber y Kathleen Otto (2006) propusieron otra forma de mirarlo, con dos caras. Una es el esfuerzo por alcanzar estándares altos, que suele ir junto a buenos resultados. La otra es la preocupación constante por fallar y por cómo te juzgan, que suele ir junto a malestar. Fuschia Sirois y sus colegas (2017) revisaron muchos estudios y encontraron que la segunda cara, la preocupación, es la que más se asocia con procrastinar.
Estas clasificaciones ordenan bien el terreno. Te ayudan a ver si tu perfeccionismo viene de ti o de lo que crees que esperan los demás. Lo que dejan sin responder es por qué, sabiendo que la preocupación te frena, sigues eligiendo alimentarla en el momento en que toca empezar.
Perfeccionismo y procrastinación
El perfeccionismo lleva a procrastinar cuando la distancia entre la obra que imaginas y la que puedes hacer hoy se vuelve tan grande que empezar se siente como perder. La frase que lo resume es conocida: si no puedo hacerlo perfecto, prefiero no hacerlo.
Piers Steel (2007), en el metaanálisis más citado sobre procrastinación, encontró que el perfeccionismo medido en general tenía una relación débil con aplazar. El dato sorprende, y tiene sentido cuando lo cruzas con el de Sirois: el deseo de hacer las cosas bien frena poco, y la preocupación por lo que el resultado diría de ti frena mucho más.
Hay una imagen que lo explica mejor que los números. Quien trabaja el metal lo vierte en el molde mientras está caliente. Si se pasa la tarde puliendo el molde, el metal se enfría y ya no toma forma. Pulir la vasija antes de verter el metal es una forma refinada de aplazar. Se ve como responsabilidad: un curso más antes de abrir el negocio, la tipografía perfecta antes de escribir, la agenda ideal antes de empezar la semana. Lo crudo necesita moldearse caliente. La belleza se trabaja después.
Siempre quise escribir un libro. Durante años ese libro fue perfecto, porque vivía en mi cabeza. Ahí cada frase funcionaba y ningún lector lo criticaba. Cada vez que me sentaba a escribir aparecía la versión real, con sus fallas, y la comparación me echaba de la silla. Aplazar protegía la imagen. También me dejaba sin el libro. → Autosabotaje
La perfección no existe
La perfección, entendida como un resultado sin ninguna falla, no existe en nada que haga un ser humano. Ninguna creación humana será perfecta. Todo lo que hacemos lleva cierto grado de imperfección: el mejor libro tiene erratas, el mejor cuadro tiene un trazo que el pintor cambiaría, la mejor conversación con tu padre deja algo sin decir.
Aceptarlo puede sonar a bajar los brazos. Tiene una segunda mitad: aceptar la imperfección de lo que haces y, al mismo tiempo, poner el máximo esfuerzo desde el inicio para hacerlo lo mejor que puedas. Las dos cosas juntas. Si te quedas solo con la primera, haces cualquier cosa y te dices que nada es perfecto. Si te quedas solo con la segunda, vuelves a esperar el momento ideal.
Aquí está lo que la procrastinación te muestra: tus límites. El perfeccionismo es, en el fondo, una exigencia sin límites. Pide un resultado que ninguna persona, con su cuerpo, su tiempo y su cansancio, puede entregar. Cuando aplazas por perfeccionismo, la procrastinación te está señalando ese borde. Te dice que la obra que imaginas no cabe en lo que hoy puedes hacer, y que tienes que elegir entre la imagen y la obra real.
Hay otra consecuencia de aceptar esto. Nunca vas a estar listo del todo. Siempre faltará un dato, un curso, una mañana más tranquila. Si esperas a estar listo, la espera se vuelve el trabajo.
Cómo dejar de ser tan perfeccionista
Para dejar de ser tan perfeccionista, termina primero una versión imperfecta y mejórala después, poniendo en cada paso el máximo esfuerzo que puedas hoy. Conforma primero, embellece al final.
En la práctica significa separar dos momentos que el perfeccionista mezcla: hacer y pulir. Mientras haces, escribes el párrafo torpe, vas al gimnasio con la ropa vieja, llamas a tu padre sin el discurso preparado. Solo cuando ya existe algo, lo mejoras. Pulir lo que todavía no existe es imposible, aunque se sienta como avanzar.
También ayuda revisar a quién le estás rindiendo examen. Si tu perfeccionismo viene de lo que crees que esperan los demás, pregúntate si alguien te pidió de verdad ese nivel o si lo pusiste tú.
Bajar la exigencia de perfección te va a costar. Entregar algo con fallas da vergüenza las primeras veces, y el esfuerzo de hacerlo bien sigue ahí. Lo que cambia es que tu esfuerzo empieza a producir obras en lugar de imágenes. Si el miedo a equivocarte te paraliza al punto de afectar tu trabajo o tu salud, o viene con ansiedad constante, consulta a un profesional de la salud mental.
Ahora mismo hay algo que llevas tiempo puliendo en tu cabeza. Mira la versión que podrías hacer hoy, con sus fallas, con lo que sabes y con el tiempo que tienes. Esa es la que está esperando. Si lo que te frena es la sospecha de que no estás a la altura, sigue por síndrome del impostor; si es el temor a que salga mal, por miedo al fracaso. Y para entender por qué la procrastinación aparece justo donde más te importa, empieza por qué es y para qué existe.